Hace unos meses cambié el nombre de un poema, se llamaba soñar, terminé poniéndole renuncia.
El poema habla de la lucha interna que tengo, como karma venido del cielo, me enamoré perdidamente de un caballero que ama la soledad.
Él siempre ha sido sincero conmigo, disfruta mi compañía y mi presencia; pero su corazón no está dispuesto hacia mi persona de la misma manera que el mío para él.
He dejado sin que él lo quisiera o pidiera que me habitara, que cada vez que su sonrisa aparece en su rostro yo me sienta aturdida, que cada vez que oigo su voz algo en mí se estremezca lleno de gozo y novedad.
Me hace sentir tan diferente, me hace dudar y pensar tanto que me obnubila.
Nunca nos hemos dado la mano o besado, y las contadas veces que la ocasión procuro un abrazo fue como abrazar un gato que desea salir corriendo de allí.
¿Hay alguna esperanza? No. Le abrí mi corazón y sólo obtuve un "soy lento para considerar a alguien como persona". De eso hace un año y simplemente no sé cómo curarme de él. Me encuentro en una lucha constante entre lo que mi corazón dicta y lo que la razón me dice.
Mi poema habla de soñar, del deseo ferviente de dejar de soñarlo, de anular toda esperanza, de tener unas pinzas para arrancarlo de mi corazón, sin importar si me desangro, ya otro me enseñó lo que es sentir que "mueres de amor". Sé que sobreviviré de nuevo.
Ese mismo poema, gira y mi alma se revela, vuelve la afirmación: "dejaré de soñarte" , una pregunta: ¿dejaré de soñarte? y se revela ante mí que no muere mi esperanza, estúpida esperanza que me deja inerme, ante su existencia.
Así pues, vana es mi renuncia ante él, por el momento, quiero renunciar, pero no sé sí a dejar de soñarlo o a el hecho de intentarlo.
Ni al que creí el amor de mi vida le escribí cosas tan hermosas como a este hombre.
Tengo miedo a estar obsesionada, dudo si necesito ayuda psicológica. O sí quererlo es sólo un pretexto para seguir sola, para no dejar que nadie entre en mi corazón de nuevo.
A mis casi 35 años solo van dos parejas que han marcado mi vida, uno por demostrarme que, a veces, la renuncia es la única salvación a romperse; el otro por recordarme que, a veces, aunque alguien sea maravilloso, no necesariamente tienes que quedarte si no es lo que quieres para ti. Con el segundo renuncié a un amigo y cómplice sin precedentes, con el primero a la promesa del primer amor que dura para siempre.
Me siento triste por tener que renunciar otra vez, lo curioso es que ahora es renunciar a lo que nunca ha sido.
Estar sola no me asusta, me asusta que tal vez nunca vaya a cumplir sueños que ahora hasta me cuestiono, como ser mamá, como hallar a alguien que desee envejecer a mi lado, como tener a alguien que valore lo que soy y que se permita descubrirme mientras cambio a su lado.
No falta el caballero que se acerca y parece ver mi valía, mas soy caprichosa y soberbia, no me es suficiente, no quiero conformarme, y vuelve la palabra renuncia. No quiero renunciar al deseo que la razón de dejar mi cómoda soledad sea por alguien que me habite en todo sentido, que me deslumbre con su autenticidad y verdad, que no espere de mi renunciar, que sepa que las renuncias se dan por amor y que el límite lo pone aquel que renuncia.
Hace casi ocho años renuncié a mi familia y a algunos de mis sueños por alguien, alguien a quien amé profundamente, inmaduramente, gané mucho; perdí cosas de igual valor. No vuelvo a renunciar así, la vida cambia, nos cambia y hay cosas que simplemente no son negociables.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario