12.6.16

Inocente

El baño era mi refugio. Solía meterme en la regadera, cerrar la puerta y dar rienda suelta a mi llanto sin importar si era hijo de la ira, la tristeza o la impotencia. A veces, me abrazaba a mi misma con fuerza para tratar de llenar el hueco que crecía tras cada desencuentro, algunas veces, de esos abrazos surgían moretones. Otras, cantaba en silencio himnos de melancólica libertad. Un día, casi me ahogo porque la desazón se atoró en mi garganta en forma de llanto y me impidió respirar.

En una ocasión él entró en mi cuartel mientras lloraba, me desnudo lentamente, abrió la regadera y empezó a bañarme con ternura. Resabios de esa ternura que alguna vez sintió por mí. El jabón y sus manos recorrían mi cuerpo con delicadeza. Mi piel se erizaba al volver a sentir sus manos tocarme. ¡Estaba viva! ¡Inocente!, lloré de alegría, tal vez había esperanza, tal vez en alguna parte de él aún había un espacio para mí.

Al terminar me cargó hacia la recámara y me secó con detalle, casi con amor. Me recostó en la cama. Se vistió, se perfumó y se fue a verla.