7.9.15

Carta a un artista anterior 2015


Paúl:

Dejaste caer una gota de agua sobre mi muslo desnudo, la yema de tu dedo índice comenzó a dispersar las moléculas del líquido en círculos con movimientos cadenciosos, quiméricos. Más gotas caían. Tus ojos se perdían en la geometría de mis piernas, siguiendo las curvas que llevan a mi cáliz.

Sonreíste, mi piel desfallecía voluble a tus manos, mis otros sentidos navegaban del vacío a un puerto minúsculo en espacio, pero inmenso en sensaciones...

Cada encuentro era una exploración, un trabajo de orfebrería, de pintura, de escultura, donde tú eras el artista y yo el objeto de tu arte, me moldeabas y pintabas flores, pirámides, barcos, moluscos, aves, rascacielos, secoyas, tumbas, glaciares...

Grácil, sumisa, deseosa, impetuosa, a veces fácil, otras compleja, y más que nada, demudada de todo atisbo de pudor; te dejaba crearme, recrearme, destruirme, desarmarme; con la confianza de que hacías de mí: tu arte.

Algebraícamente ambos formábamos ecuaciones de segundo grado, yo siempre era la incógnita; por eso me explorabas en cada ocasión, no sólo con el pincel de tus dedos, sino con tus iris, con tus tímpanos, con tus papilas, con tus fosas y con tus lóbulos frontales. En cada operación yo agradecía que no pudieras resolverme, porque eso implicaría más algoritmos sobre mi cuerpo, más cóncavos y convexos, más bailes cuyo fin siempre era incierto, delirante y gloriosamente asfixiante.

¿Cuándo fue la última vez que te amé? Ya no me acuerdo. En realidad, la memoria de un amor roto y doloroso nunca es importante en los momentos de alegría. Sí. Tú te has convertido en un amor cascado, dejaste de ser el artista y te convertiste en un burdo e insulso imitador, dejaste de crear...

Convertiste nuestras colisiones creativas en rutinas gastadas por una invisible obligación; tus ojos se cerraban para pensar otras obras al estar conmigo. Como todo artista badulaque, tu rostro se resolvió en una befa hacia su arte, nuestro arte, hacia mí. Tus artesanales manos partieron mi cuerpo, lo demolieron mediante un acto morboso y pornográfico; llegabas estimulado por las musas del alcohol, el dinero y la falsedad a corroer mis naturales ornamentos. Poco a poco fui menos dócil y receptiva a tus haceres. ¿Qué esperabas? ¿Un amor mortificado y culpable esperándote? ¿La resignación a convertirme en parte de una producción masiva sin alma?

Te dejé, me aparte, y confieso: extrañe febrilmente al artista que fuiste unos años. Te odié por obligarme a dejarte. Mas me encontré, y me tracé con mis propias manos sobre las ruinas, otra vez existí, me derramé sobre el mundo y descubrí que aún sin ti podía ser bella. En mis huellas también había vena artística y no sólo pinté y esculpí; también escribí y canté: colibríes, cerezos, paisajes, cientos de flores, sílfides, nereidas y dríades, cuentos, leyendas, poemas, verdades...

Desde mi adiós han pasado más de 30 años, muchos ¿verdad? La magia del Kairos, es que puedo rememorar lo bello y ser feliz, hacer tratos con la prematura demencia senil y ofrendarle mis dolores al olvido.

Llegas a mí, te veo derruido, después de años de incertidumbre, meditaciones y veleidosas risas de burdel. Vienes declarándome que en mí estaba tu numen, que los aromas de otras entraron a tus sentidos y te hicieron insensible a mi magia. Buscas la tranquilidad y las seguridad que encontrabas en mí, un ser que estuvo siempre totalmente desnudo ante ti. Crees que tienes el poder de reanimar un inmenso amor oculto, y que podrás pasar tus últimos años entre los algodones del perdón y la soledad compartida.

Lo siento, pero este ser y este cuerpo más viejos, desgastados y vividos, así como los ves; ya tienen su artista, ella y yo nos gozamos, nos escribimos, nos pintamos, nos modelamos, nos forjamos y nos asolamos a cada instante; con miradas, con suspiros, con caricias, con sollozos y con gemidos. Su nombre es Juno; ella ocasionalmente se esconde en las entretelas de las cortinas y nos mira a Mateo y a mí; mientras deja que él me bosqueje y que yo haga estudios de él. Juno nos deja ser juntos y se queda tranquila, porque ahora sabe que mi verdadera artista es ella.


Sinceramente mía.
Juno


Leonid Afremov