31.1.13

La devaluación del tiempo

Me senté en una banca, en una calle abandonada, solitaria y antigua. ¡Qué secreta dicha dedicar unos instantes a la contemplación del tiempo cuando se congela! Al menos cuando se detiene para los lugares. Porque el tiempo a los seres humanos no nos perdona: segundo a segundo nuestro reloj biológico nos cobra la cuenta por cada latido. Inhalación tras inhalación nuestras células se tatúan con recuerdos mínimos, a veces imperceptibles, la factura de este arte se paga con oxidaciones y muertes, inadvertidas pero constantes.
Bajo la desprolija sombra de un arbolillo, pensé en lo magnánimos que somos a veces con nosotros mismos, seres temerosos y fatuos, derramando sobre nuestra vida futilidades que nos hacen olvidar esta bella decadencia anunciada y lenta.
Nuestro cronométrico crédito, es invertido en banalidades que no inflaman nuestro espíritu, ni nuestro cuerpo, que no conmueven ni un solo vello, ni mueven una sola partícula de emoción profunda. Queremos creernos soberanos de nuestra consecución de minutos, quizás pactada por algún ser divino o por la indiferencia del universo. ¡Vaya soberbias volutas que se creen incólumes! ante un todo en el que son una insignificancia. Sin embargo, somos una insignificancia que al final puede hacer temblar al todo, en nuestra "efímeridad", nos volvemos sino soberbios, temerarios administradores y soldados, que buscamos disciplinar nuestra inherente arrogancia existencial, haciendo que cada instante se vuelva nuestro, transformándolo en decisiones conscientes, en goces continuos y enriquecedores del cuerpo y espíritu... en eso sonó el celular, -disculpe ya tenemos las copias que esperaba. Miré la hora -Gracias, por avisar. Pasaré por ellas en cuanto tenga tiempo...sonreí...¿hasta que punto el tiempo es mío y no nuestro?