8.7.11

Nublado con posibles ausencias por la tarde

Sonó una vez más el despertador biológico, busqué el reloj con premura, deseando que la ansiedad haya confundido a la biología y me quedara más de una hora de reconfortante flojera en la cama antes de comenzar otro redundante día, otro lapso de 16 horas de girar de manecillas y pasos pautados por la rutina que mis propias decisiones me habían impuesto.
Mis amistades encopetadas y altivas sonreían cuando les hablaba del dolor que sufría mi alma de artista con la rutina, mis amistades bohemias aullaban conmigo la pena en las tertulias, pero entre copas me revelaban la ligera envidia que les daba el hecho de que mi vida tuviera un rumbo cierto, mientras las de muchos de ellos eran un intercambio constante de signos de interrogación y de admiración: ¿ajustará la beca de conaculta para fin de mes?, ¡un trabajo de cuatro meses!, ¿un mecenas moderno?...

Hilvanaciones

De un momento a otro la vida de ella cambio drásticamente, sus proyectos se desvanecieron entre la incertidumbre y su piel se cubrió de ilusiones confusas, el amor seguía allí, latiendo en un corazón apesadumbrado por los constantes silencios, por los encuentros que la situación destruía, esas conversaciones largas que matizaban sus días en alegría, se convertían en palabras que escurrían como el agua de lluvia en las alcantarillas.
El tiempo se negaba a posibilitar cualquier cosa y el tiempo era lo único a lo que podía aferrarse. El latir del reloj se había transformado en su verdugo y defensor...  se sabía agradecida por muchas cosas, pero ese amor que alguna vez fue el sostén de sus más pesadas cargas, ahora se volvía el plomo que adquiría libras día tras día. Después de todo, así es el amar ¿no? gustaba preguntarse, mediocre consuelo. El amor es paciencia y tolerancia, el amor es... el amor es... el amor es... y ella se desgarraba el alma como las ilusiones que amar ahora le había trozado.
Nos estamos perdiendo... nos estamos perdiendo... y se sentía porcelana en equilibrio sobre una pendiente rocosa. Amor y odio cobraban por fin el mismo valor, nunca había odiado a nadie y ahora odiaba con la misma intensidad a quién seguía amando. Era infeliz, no quería aceptarlo pero era infeliz. Ese amor que prometía tanto, se había convertido en una ancla encallada en una isla repleta de sinsonrisas, de dudas, de odiosos silencios... silencios enloquecedores, silencios donde antes había sonrisas, silencios donde antes faltaba tiempo para decir... ahora el tiempo falta para satisfacer el silencio, el poco tiempo se vuelve una incomodidad naciente, una necesidad de huir, de abandonar todo y empezar de nuevo. ¿Cobardía? ¿Por qué no? Sólo los que no se atreven a ser cobardes creen que es mala, los verdaderos cobardes sólo pueden serlo una vez, aceptando que esa cobardía se vuelve un contrato de vida, donde firmas para cargar la culpa hasta que el pulso se detenga y los músculos de distiendan. Valiente cobarde aquel que huye del yugo que un amor de lejos provoca, cuando los besos ausentes no pueden ser sustituidos por palabras dulces y presencias espirituales. Cuando la distancia se vuelve una soledad compartida y el amado no puede ver el dolor del otro y el otro se víctimiza llorando lágrimas de incomprensión. Ese hilo de ideas la divertía después de todo, al menos ella se podía dar el tiempo de vivir esa particularidad poética del amor, ese contacto lúdico entre mente y sentimientos que hace de la vida poesía.