Esta semana que terminó fue compleja:
La empecé con insomnio y pesadillas porque tenía que declarar mi vida a un extraño.
Di clases dos horas y luego me fuí al edificio donde debía remover todo el dolor del pasado, recordar promesas rotas, revivir la esperanza vana, la soledad y la decepción; todo con el miedo de que el llanto no amainara a tiempo para dar mi última clase del día.
Luego, fue el inquilino a visitarme. Ese inquilino que no se va, y cuya estancia cada vez me entristece más. Estuvo acompañándome y tratando de hacerme reír, me había ofrecido llevarme un capuchino frappe y yo le dije que mejor me dijera una de sus ocurrencias para sonreír un poquito
Ojalá yo estuviera en su lugar, ojalá me supiera tan querida y admirada como él. Él toma mi cariño alegre, pero devuelve a cuenta gotas, situado en el nunca te corresponderé como deseas, pero me quedo.
Lo estoy ayudando a mudarse con la esperanza de que así también se mude de mi ilusión, se vaya de mi corazón y deje el espacio para el que desee corresponder mis afectos.
Tuve mucho trabajo, mi refugio ante el desdén y la melancólia, un amor que si es tangible: la docencia, el compartir y tratar de colaborar así con el mundo.
Escuché a mi querido Sergio hablar de su libro una vez más, me llena de alegría verlo en su rol de escritor, ilustrándonos con su amor por la palabra.
Al final de la semana, estoy exhausta y agradecida, todo pesar pasado ha sido bendecido con muchas alegrías y persobñnas maravillosas. Tengo muchos proyectos geniales en puerta.
Aún la situación con el inquilino, es algo para agradecerse, ha sido inspiración y alegría. Ahora es tristeza, pero esperanza de que si encontré alguien tan peculiar como él y lo amé, seguramente en algún lugar estará alguien que me amé a mí tal y como soy.
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