A veces te amo tanto, adoro cuando te dejas ir entre mis brazos, cuando permites que te acaricie con un dejo de ternura y pasión, cuando tus poros se sonrojan y se elevan suspirando por sentir la leve caricia de mis manos.
Cuando tu voz se torna un susurro, una breve pausa en el silencio circundante. Me sorprendo sonriéndote y agradeciendo tu existencia.
Rememoro tu cuerpo, esas curvas dulces, mesuradas, sensuales y afortunadamente humanas e imperfectas.
Me gusta hablarte de amores, mientras huelo tu cabello y encuentro en su aroma la historia de tu día. El leve perfume de tu champú; tu colonia; si pasaste por un parque, hueles a madera y hojas; si cortaste una flor y la posaste en tu cabello; los olores de los platillos que preparaste; el aroma a alcohol y cigarro si fuiste a algún café o bar.
Perderme en tu hechizo inspirador es mi gozo, cada parte de ti, ilumina distintos estados de mi ser; tu sonrisa: mi alma vejada por la vida cotidiana; tus palabras e ideas: mi inteligencia; tu cuerpo: mi poesía y deseo, tus acciones: mis propios pasos; tu alma: la mía.
Sin embargo, otras veces, me dueles, me dueles como un cáncer destructor y abominable: silencios profundos, ausencias aún cuando estás presente, reproches cuando te pido que me mires y que me recuerdes dentro de ese mundo absorbente, egoísmo cuando te pido que compartas conmigo lo que has prometido.
A veces todo se trata de ti. Y eres tú, no nosotros.
En esas ocasiones sólo me queda encogerme y apechugar. Ya estaba advertido y no sólo por otros, sino por ti. Sabía que me iba a enfrentar a una soledad profunda, pero no contaba con que en ocasiones tú te ibas a encargar de engrandecerla con tu aparente presencia.
Bendita la pluma que me acompaña, porque se que ella nunca me dejará solo, ella siempre estará aquí para que en estos momentos de tu presencia ausente, yo encuentre cobijo y esta soledad brutal que me envuelve, sea un paso más a la inspiración regocijada del escritor que dice habitarme.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario