No es de esas alegrías que se pueden guardar en un cajón y ser olvidadas hasta que la fortuna de andar buscando otra cosa las hace tangibles. Tampoco, es de aquellas que me vuelven un ser más profundo y reflexivo, más atractivo para otros seres. Definitivamente no es un gusto culposo, que hace que me sonroje cada vez que soy descubierta en el gozo de "degustarlo", en cualquiera de sus manifestaciones. No es una carta, libro, o cualquier otro escrito, cuyos remitentes o autores pueden haber llenado mi espíritu, alma, corazón, mente o piel de placeres inenarrables y sólo míos.
Alguien podría aventurar que se trata de una memoria, de uno de esos eventos secretos que se irán con nosotros a la tumba junto con las personas u objetos que fueron participes o testigos de ellos, sin embargo, tampoco es eso.
Alguna vez llegué a creer que se trataba de una consecución de hechos afortunadamente acomodados, que lograban conmover mi esencia: porque algo parecido a esa dicha secreta y oscura emergía en mí. Se parece al placer que emerge cuando converso con ciertas personas y parece que el tiempo se detiene, cuando el mero hecho de conversar con ellas es un acto poético y todo el entorno se vuelve cómplice y personaje de ese acto; cuando todo mi ser parece ser un contenedor de emociones espasmódicas, que no desean llegar a la resolución, o ruegan el favor femenino del multiorgasmo. En esos momentos pareciera que hacemos el amor con palabras, con ideas y las sensaciones y emociones que se revisten de ellas; y me enamoro, me enamoro de la humanidad que se refleja en mis interlocutores y siento esperanza, una profunda admiración y agradecimiento. Mas esta dicha, a pesar de ser muy profunda e intensa, no es mi dicha secreta.
A veces cuando veo en mi reflejo, los surcos que la vida y sus vicisitudes van trazando en mi rostro y, en forma de níveas líneas, en mi cabello, me aterrorizo y sonrio. Alegría es descubrir que soy finita y que el tiempo no pasa en vano, que su hálito se refleja en mí y me recuerda que soy pequeña y endeble ante la fuerza del universo. Las lágrimas, vestigios alegres y tristes, cobran sentido y me insuflan el pecho de satisfacción; por supuesto, luego viene la sensación de inmensidad y siento miedo, un miedo "rico" que no deja de ser miedo. Aunque esta alegría no la comparto con nadie, no la siento secreta, cualquiera que llegara a preguntarme al respecto, recibiría sin duda mi honesta respuesta. Así, que en efecto, ésta no es mi dicha secreta.
Mi dicha secreta se viste de incertidumbre, de lo cotidiano que es extraordinario; juega conmigo, se burla y ríe de mí, de mi finitud, de mis gustos, de mis memorias, de mis temores, de mis ardides, de mis "ardores". Mi dicha secreta es...
¡Qué abrumador es encontrarme ante mi propio desnudo! Escuchar las risas infames del juicio, ante mi cuerpo humano, imperfecto a sus ojos; tan perfecto a los míos. Apolíneo porque carga con mi esencia y con mi existencia. Doloroso es percatarme que lo que yo veo en ese compuesto de arena de sílice y azogue; esa masa latente: con sus curvas femeninas y esa piel que siente el más desventurado roce y vibra; es visto como un ente que necesita ser moldeado, delimitado y cubierto. ¡Vestido! Cómo si fuera algo sucio o impropio, algo abominable y digno de reprobación, aún cuando estoy en la intimidad de mi hogar; aún cuando solo estoy conmigo, reconociendo la maravilla que me porta y que me brida placeres esperados e insospechados.
Aunque físicamente sigo en la soledad bella y pudorosa, puedo oir las risas, ver los dedos que apuntan, los codazos cómplices y sardónicos; esto que hago, no lo debería de realizar, mi desnudez debería ser momentánea, transitoria y no un acto constante, secretamente dichoso.
Aunque físicamente sigo en la soledad bella y pudorosa, puedo oir las risas, ver los dedos que apuntan, los codazos cómplices y sardónicos; esto que hago, no lo debería de realizar, mi desnudez debería ser momentánea, transitoria y no un acto constante, secretamente dichoso.
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