Nunca hubo tan grata coincidencia entre el contenido, la expresión y los cruces semánticos.
La conocí sin saber su nombre, era hermosa, tan sencilla en su maceta, tan compleja en su constitución. Como toda dama de respeto: se vestía de más de un color. Como todo ser inspirador: su estructura era una armoniosa composición de patrones distintos. Estaba allí sonriéndole al tiempo, como si este transcurriera según los designios de ella. Miraba de frente suyo, con una delicada presencia. Aparentemente ausente, perdida en sí misma; pero en realidad atenta a las suaves caricias del viento, a los besos de la lluvia y a los desplantes del sol.
Mi abuelita siempre alabó la naturaleza, hoy que sólo queda mi amor por ella y su recuerdo; me roba sonrisas cada vez que me sorprendo admirando algún aspecto de la madre natura.
Mi abuelita me dijo el nombre de esa dama cuando la pregunté por ella: Esa flor niña es un "pensamiento". Si ya me había cautivado por su forma la flor, cual no sería mi dicha al saber su nombre "pensamiento". En ese entonces sólo pensé que era increíble que una "flor" llevara ese nombre tan poco usual y profundo.
Ahora cada vez que veo "pensamientos" soy feliz, nada más armonioso y bello, nada que tenga una equivalencia tan adecuada, tan hecha a la medida...
Pensamientos que alegran el corazón, el alma poeta... pensamientos que evocan más pensamientos en una cadena interminable de inspiración-pensamiento...
Bellas flores cuyo nombre evoca pensamientos tormentosos o felices y que me recuerdan que la belleza existe en todo, aún en lo que: en lugar de robarnos sonrisas jocosas, nos desgarra en lágrimas de dolor.

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